Las cartas de Ayşe a Halil, su marido preso

En Paisajes humanos de mi país, Nâzim Hikmet recrea las cartas que recibe de su amada, Pirayé. Reproducimos a continuación esta parte del libro, rebosante de dulzura y nostalgia, en que Halil, el poeta preso, dialoga en la distancia con Ayşe, su mujer.

I
Amanece.
Los cabellos rojos se desparramaron sobre la almohada.
Ayşe, la esposa de Halil, se despertó,
sus grandes ojos de oro se abrieron sobre su cara blanca.
La habitación está helada,
la cama
    caliente.
Y la mujer desea a su hombre que está en la cárcel.

    Enfrente, en su camita de madera, su hija Leyla,
    como un fruto llegado de İskenderum a esta mañana de invierno.
    Tiene sus bracitos y sus rodillas recogidos hacia su barbilla,
                        hecha un ovillo.
                        Y sus puñitos cerrados.

La madre vio a su hija dormida:
de nuevo la sintió en sus entrañas.

    Las ventanas no tienen cortinas.
    Ayşe salió de la cama,
    se echó sobre los hombros la rebeca negra grande de su marido.
    Encendió el brasero.
    Preparó una tila en la tetera de esmalte azul.
    Afuera, Üsküdar se despertaba,
            sus ojos garzos somnolientos.
        sus blancos pies desnudos en zapatillas de coral.
    Afuera el barrio se despierta
        o así le parece a Ayşe.

Ayer llegó dinero de Halil,
hoy le va a responder:
«Cariño,
recibí las catorce liras y media
    y la palabra «añoranza» al borde del recibo,
            gracias.
Pero me ha apenado mucho,
se me hace muy difícil de soportar que trabajes allí para mí,
llego a odiarme a mí misma.

Ayer bajé a Estambul,
de regreso qué cosas tan raras escuché en el barco.
Todos se llevan su dinero al extranjero,
pero quiénes son,
guardan sus millones en los bancos suizos y americanos.
Lo que quiere decir que tienen miedo a su país.
Que lo único que piensan es en escapar.
Algunos guardaban el dinero en Holanda,
y los alemanes lo bloquearon,
pero luego lo enviaron a América
        en prueba de su consideración con nuestros señores.
Alemania está en guerra con América,
pero el dinero va de un sitio a otro.
El dinero: no tiene patria.
¿Acaso la tiene quien posee dinero?
La situación es más o menos así:
no son ellos los que poseen el dinero,
sino el dinero el que los posee a ellos.
Luego escuché otra cosa
que me irritó enormemente:
al parecer, aunque dicen que a Suiza,
    estamos enviando trigo a Alemania.
Que Dios castigue
    a los que dan a comer el trigo de mi pueblo
        a quienes se alimentan de carne humana.
No quiero concluir mi carta con anatemas.
Te voy a dibujar mi habitación nueva…

Esta es nuestra tercera casa que tú no has visto.
Aquí está la silla, aquí la mesa, aquí la ventana,
    y unas flores de invierno en el tiesto.
Esto, el sillón, dentro estoy yo;
esto, una camita, dentro duerme Leyla.
Ahí algo así como un armario:
    para guardar mi carbón si llego a comprarlo.
Esto que ves es despensa y cocina a la vez.
Y eso tu dichosa biblioteca heredada de tu abuelo.
Mira bien la pared:
    tu retrato,
        debajo está el mío.
Mi habitación no es tan ancha,
o he dibujado muy pequeños los objetos
    o la habitación me ha salido un poco grande,
bueno, desproporcionada.
Tal vez su mujer algún día haga una casa de verdad,
        una casa cuyo hombre ya no esté preso,
            pero no consigue dibujarla…
Mi carta se ha terminado, cariño.
Su hija se ha despertado, me está mirando.
Beso sus manos…»

En qué día estamos, pensó Ayşe.
Se acordó: el duodécimo mes,
    el día quince.
Firmó.
Y sin poner fecha a la carta,
    cerró el sobre.

La carta llegó a Halil el treinta y uno del mes:
por la tarde Hasan Beethoven se la llevó a la habitación.
Halil estaba triste:
Aquella mañana, en el baño del tercer dormitorio,
    un preso campesino se había ahorcado.
Estaba encarcelado por lo del impuesto de las carreteras.
A estos no les dan rancho.
Esta era la tercera vez que estaba encarcelado por deudas de impuestos.
El guardián vino a avisar:
descolgaron al muerto del extremo de su faja.
Halil lo recuerda:
era un hombre callado y de baja estatura.
—Esta vez no tuvo visitas ni nada –dijeron—,
cuantas veces lo invitamos a comer no comió,
no abrió la boca ni para pedir un cigarrillo,
el pobre murió de hambre…
—De eso ná —dijo Yusuf el moderno—,
enteraos,
era un hombre de honor,
se murió de pena…

Halil estaba triste,
al ver la carta de Ayşe olvidó su tristeza.
Hasan Beethoven lo miró con una pizca de ironía,
y luego le preguntó:
—La carta es de su esposa, ¿verdad?
—Sí, ¿cómo lo sabes?
—Creo que se la ha leído dos veces seguidas, maestro.
—No dos, sino tres.
Por alguna razón Hasan Beethoven se cortó con la respuesta
    y cambió de tema:
—Maestro, esta noche es fin de año,
¿qué vamos a hacer?
— Hasan, ya se lo he dicho al jefe de guardia,
él se va a quedar dentro jugando a las cartas.
Nosotros podemos reunirnos en mi habitación,
tú puedes tararear la sinfonía «No serán vencidos»,
    y yo recitar «La epopeya de las milicias nacionales» de nuestro Celâl.
El pintor Ali puede hacer nuestras caricaturas,
Yusuf el moderno y el señor Ihsan pueden cabrear a Sefer el tendero,
Ömer de Aydın bailará zeybek,
    y el capitán Ilyas, lezginka
Hasan Bethoven se sonrió con picardía:
—Yo metí dentro un rakı de un kilo, maestro,
    ¿podemos beberlo también?
—Claro que sí, por qué no…
¿pero dónde has conseguido tanto dinero?
—No lo he pagado, maestro,
ese gendarme de İzmir, ¿sabes?,
el que fue obrero en la tabacalera,
él lo ha traído,
me ha dicho para que os lo toméis con el maestro.
Hemos escondido la botella en la tienda de Yusuf el Moderno.
Ali también lo sabe.
Pero que no se entere Sefer el Tendero,
        porque ese es el chivato de la dirección.

Hasan Beethoven se fue.
Halil se dejó llevar por una extraña emoción,
es más, por alguna razón se sentía un poco avergonzado,
por primera vez en su vida iba a beber rakı en la cárcel.
Se quitó las gafas, sopló, las limpió y volvió a ponérselas.
Leyó la carta de Ayşe otra vez.
No se sació.
Sacó de la cartera las cartas antiguas.
No tenían fecha.
Halil las había numerado todas.
Las cartas de Ayşe de los últimos ocho meses.
Las extendió sobre la mesa como si hiciera cartomancia.
Las fue leyendo en orden.
Era un viaje hacia Ayşe, hacia el pasado.

1

Te escribo esta carta enferma en la cama.
Si estuvieras aquí qué bien me cuidarías.
Leyla ha cumplido seis años.
Para su edad está flaca:
hago que duerma la siesta.
Ahora la he despertado:
tiene las mejillas sonrosadas,
        sus ojos garzos parecen los de una persona mayor.
(¿Te das cuenta?
    nuestros ojos no cambian,
y aunque no la recordemos ahí permanece
            nuestra infancia feliz o desgraciada.)
Leyla, estoy escribiendo a papá, le he dicho.
¿Papá?, pregunta,
    ha bostezado.
La niña aún está adormilada.
La gente de la casa te saluda,
    Leyla y yo te besamos las manos.


2

Ya estoy bien.
Los alrededores están muy bonitos.
La primavera.
Los frutales son lo mejor de la tierra.
¿Los hay en la cárcel?
¿Los de ahí también florecen como estos
        para embellecer tu mundo?
Leyla y yo siempre estamos hablando de ti:
«¿cuándo va a recibir la carta papá?», me pregunta siempre…
«Dormiremos esta noche, y luego la va a recibir, verdad?», dice.
Hicimos pizza con queso,
        te recordamos,
            la comimos en el jardín.
Papá, le echamos de menos.

Ahora me acaban de contar un montón de travesuras de Leyla.
Interrumpo la carta para darle una buena tunda.

Ha llegado Leyla.
La he regañado.
Se ha echado a llorar.
No he podido pegarle.
La he sentado en una silla debajo del gran plátano,
tiene una rebeca áspera
        que no le gusta nada,
        pues también se la he puesto.
Ahí se va a quedar sentada con su naricita hasta el atardecer,
                            a solas.
Ahora esto te habrá dado mucha pena.
Pero qué le vamos a hacer, papá,
        es necesario para que se haga una persona.
Me duele la cabeza.
Mejor sería no tener hijos,
pero no llego a decirlo.
Me gustan los niños, a pesar de toda la faena que dan.
Si tuviese doce hijos,
    sería la más feliz del mundo,
piensa:
lo que le falta a uno lo tiene otro,
cada cual tiene su defecto,
    pero reunidos los doce harían un hombre perfecto,
                    y yo sería su madre.
   
He hecho la cuenta:
hoy hace justo
    tres años desde que te metieron dentro,
y yo llevo dos años en casa de mi hermano mayor.
«En la cárcel los días pasan lentamente,
    y los años, con rapidez», decías,
a quien tiene un ser querido en la cárcel le sucede lo mismo:
    los días pasan lentamente,
        y los años, con rapidez.

Te beso las manos mi querido marido,
Papá, le besamos las manos.


3

Alarma, zozobra,
aquí todo el mundo atareado con el camuflaje,
todo el mundo camuflando su casa.
Yo estoy sentada, leyendo cuentos:
no para Leyla sino para mí misma.
Cuentos hermosos que comienzan «érase una vez»,
y terminan «cayeron tres manzanas del cielo:
        una para vosotros, otra para mí,
        y otra para quien lea este cuento».

Días hermosos, días hermosos,
maldito sea quien diga «nunca vendrán».

Ayer
estábamos sentados en el cuarto de mi cuñada,
cuando llegó uno y balbució:
    «la señora Cemile»… «la casa»… «está ardiendo»…
Salimos corriendo,
en realidad la que se quemaba era la casa de Şahin bajá.
Cuando llegamos las llamas salían por el tejado.
Los bomberos llegaron tarde.
No tenían mangueras.
La casa se quemó antes de que pudieran intervenir.
Tres bomberos se cayeron del balcón:
uno herido grave, los otros dos leves.
Todo esto sucedió ante mis ojos.
Estaba desconcertada y me sentía impotente.
No conozco a los que la habitan,
        no tengo amistad con ellos,
        pero conozco la casa desde hace veinte años.
He estado a punto de perder a un amigo de hace veinte años.
Es como si todavía tuviera las llamas frente a mí.
Piensa que hoy lo que se quema no es una casa, una ciudad, un amigo,
                        es el mundo entero.
Esa cosa nuestra redonda y rayada
                está dando vueltas ardiendo en la oscuridad,
        (siempre la dibujan así
            y así la tengo ante mis ojos).
Anoche escuché el noticiario:
«el desastre de la guerra ha llegado hasta nuestras fronteras
todo arde alrededor, ardemos por los cuatro costados»
                    algo así dijeron.
Ahora he recordado esas palabras.
Ahora el incendio es para mí algo tan vivo,
que si mirara por la ventana hacia la noche
creo que vería en llamas todos los árboles en torno al jardín.


4

Mi amor,
estoy pasando por unos días tan raros que no sé cómo explicarlo.
Me levanto temprano:
recoger la casa,
    cocinar,
        coser y poco más y ya se acabó el día.
No voy a ningún sitio.
Me quedo en casa presa de la agitación.
Estos días estoy muy agitada.
No solo yo,
    todo el mundo está así:
se quedan acurrucados donde están,
    aguzando el oído,
        como los conejos cuando escuchan un ruido.
Así que si alguien les diera un grito,
    saldrían corriendo cuesta abajo.

Cariño,
tengo tanta confianza en ti
        que quiero ser como tú.
Hemos vivido cinco años con normalidad,
        el resto lo has pasado en la cárcel.
No es que me queje,
nuestra vida ha sido hermosa también así.
Estés donde estés,
        lejos o cerca,
uno se deja llevar por tu pasión.
Tú eres una pasión humana,
    (qué palabras tan extrañas,
    el fez de mi abuelo en la cabeza
        y una barba canosa, sin bigote y bien recortada,
            pero son mis palabras).
Ya lo ves, oh alma de mi cuerpo
            (¿se puede decir así?,
                pues así me ha salido de adentro),
        la verdad es que no sé expresarme por carta.
En mi boca se amontonan palabras para decirte.
Dejemos la pluma y el papel,
estar cara a cara
    y hablar contigo:
al lado de tu voz
    oír mi propia voz.

Te beso los ojos;
no: las manos.
Tal vez en mis últimas cartas no te dije «te beso las manos».
Compruébalo y escríbemelo.
Me entristece,
    ¿cómo he podido no decírtelo?


5

Me estoy dedicando a un montón de cosas absurdas terrenales.
Decidida a superarlas todas.
Otra vez esperé que me tocara la lotería,
                y no salió.
Volveré a comprarla, me he obstinado,
        ya verás, me van a tocar cincuenta mil.
Nuestra vecina la señora Cemile viene a verme todos los días,
            pero no solo a mí,
                un poco también a mi madre.
Se queda una hora, luego se va.
Tú no la conoces,
        pero ella te quiere,
                tú también quiérela.
Es una mujer estupenda.
Con sus hermosos ojos garzos alcoholados,
        y su boquita pintada,
            ronda ya los sesenta.
Tiene la tensión baja, problemas de corazón.
Toda su pasión, todos sus pensamientos: pintar.
Lo hace desde que era niña.
Hace diez años, cuando murió su marido,
vendió sus joyas y se fue a Roma a sus cincuenta años.
Menos mal que no vendió la casa que tiene aquí,
pues al regresar se hubiera muerto de hambre la pobre.
Ahora para subsistir alquila la planta de abajo.
Su casa es todo un poema:
borlas, volantes, baratijas,
luego pinturas por todas partes:
    al óleo, pasteles,
desnudos de mujer a cada cual más bonito.
No faltan una o dos cabezas de hombre,
pero parecen retratos del hijo del sultán de las hadas.
Y qué colores tan dulces y tan suaves:
el poso del vino, rosas secas, salmones,
y todas las tonalidades de la nieve, los rosados,
el moho del limón, turquí, verde esmeralda
                y lilas relucientes.
Desde por la mañana hasta por la noche
    la señora está metida entre sus pinturas.
Con las gafas sobre la nariz
    (solo se las pone cuando pinta,
    porque odia a muerte las cosas que le recuerdan la vejez,
    y se disgusta si se le habla de la vejez,
    y hasta se enfada),
qué estaba diciendo,
las gafas sobre la nariz
y los pinceles entre los dientes
(brochitas de mango rojo a cinco céntimos,
    porque dice que los otros son muy caros.
    Ella misma se hace sus telas:
        extendiendo una pasta blanca sobre la batista),
qué estaba diciendo,
con los pinceles entre los dientes
y entornando sus ojos alcoholados,
una vez que se deja llevar por los colores,
    aunque se cayera el mundo, no se daría cuenta.
Tampoco se dio cuenta cuando ardió la casa de Şahin bajá.
Al día siguiente me dijo:
«Lástima, no pude verlo, estaba ensimismada en la pintura, hija,
    pero hace un rato vi lo que quedó del incendio,
        el lugar del incendio es feo.
    Sin embargo, las llamas son bonitas:
        tonalidades de vino, rojo, naranja,
            incluso de hojas muertas».
Así es mi señora Cemile, cariño.
Posdata:
El gato de la señora Cemile
cazó nuestro polluelo.
Leyla lo ha dibujado para ti,
        me lo ha traído ahora,
        para que también lo ponga en el sobre.
Según Leyla este es el acontecimiento más importante.
Tal vez, qué bien,
        tal vez, qué pena,
    nuestra hija se está haciendo una persona.
Te beso las manos.


6.

Leyla está durmiendo.
Estos días está siendo muy buena.
Pero ayer se subió a la silla con un palito en la boca
                    y se cayó.
El palito le hizo una herida en el paladar.
La cosa no pasó de ahí.
De noche en la cama estuvo llorando a escondidas.
Tiene mucho miedo a la muerte.
«¿Me voy a morir?» pregunta enseguida.
¿Por qué tiene esta niña ese miedo a la muerte?
Trata de explicármelo:
    ¿cómo es que no nos volvemos locos
        aun sabiendo que vamos a morir?
O es que la gente cree que no va a morir.
Me lo dijo mi tío:
    en el frente todo el mundo lo piensa,
            ¿es eso verdad?
O es que también nos acostumbramos a morir
        igual que nos acostumbramos a envejecer.
A mi parecer la razón es la siguiente:
a pesar de la brevedad de nuestra vida,
la vida es más fuerte que la muerte.

Aquí todo el mundo se larga afuera,
pero también los hay que se quedan valientemente como nosotros.

Una noticia para ti:
ayer la señora Cemile fue a Estambul,
no sé dónde había blanco de cerusa auténtico inglés en venta, y quería comprar,
porque ella misma fabrica su pintura blanca mezclando el blanco de cerusa con aceite de nuez.
«Subí al barco, hija —me cuenta—,
        salí a la cubierta.
Rodeada de azul celeste y amarillo dorado,
mezclado con algo de plata y ceniza.
Las sombras, de un morado muy claro,
una luz que parecía pura miel…
Enfrente de mí dos jóvenes:
una mujer y un hombre.
La mujer feísima,
    el hombre hermosísimo.
Y qué colores, qué tez, qué cabello.
No un ser humano, una acuarela.
Llevaba un abrigo castaño claro,
el tejido también sedoso,
        qué pliegues,
            no me cansaba de mirar.
Me contuve, disimulé, pero no me pude aguantar,
me puse las gafas en la nariz,
primero de reojo, luego cada vez más atrevida,
me dejé llevar por los colores del hombre.
Estaba así ensimismada en un verde claro de su cara afeitada,
cuando de golpe fue el fin del mundo, hija,
la mujer fea, espumeándole la boca, casi se me tira encima.
Todos los colores muertos que hay en el mundo estaban en su cara.
Qué barbaridades decía:
que el hombre era su prometido, que yo era una loca, que me iba a entregar a la policía:
—Vieja desvergonzada y disoluta —me dijo.
Los de alrededor se reían.
El hombre no abrió la boca, se limitó a gallear.
Estaba contento de ser un buen macho.
Menos mal que al poco tiempo el barco atracó en el puente, y salimos.
¿Qué te parece esto, hija?
La mujer tuvo celos de mí».

Esto fue lo que le ocurrió a la señora Cemile.
Me he dado cuenta:
    hoy llevaba los ojos aún más alcoholados,
y, cuando dijo «la mujer tuvo celos de mí»,
                    estaba feliz.

Halil,
quién sabe lo que te hubieras reído,
si yo te hubiera escrito esta historia
el año pasado o incluso hace cinco días.
Pero ahora no tienes ganas de reírte por nada,
y yo tampoco.
A veces da casi vergüenza reírse.
Hoy es 27 de junio de 1941.


7

Aquí estoy muy a disgusto.
Ha sido una pena que cerraran mi casa.
Pero qué podía hacer yo…

Mi hermano mayor
    sigue siendo el mismo hombre que conoces;
mi cuñada
    sigue siendo la misma que antes:
        perezosa, triste, indiferente,
            orgullosa y a veces muy atrevida.
No sale de la cama hasta las once de la mañana
y pasea como un fantasma por la casa
        su hermosura anémica y rubia.
Ahora entiendo mejor que la culpa es de mi hermano mayor.
A esta mujer le hacía falta otra clase de marido:
        un varón fuerte, valiente, serio.
Y no mi pobre hermano, bajito, con sus manos regordetas de mujer,
que cuando está contento hace la danza del vientre,
    y cuando se enfada se lía a tortazos con mi cuñada.
Luego, en cuestión de amor…
¿Es que mi hermano no quiere a mi cuñada?
            La quiere.
Incluso,
lamentablemente,
en este amor hay hasta la susceptibilidad de un niño.
Pero por encima de todo está su propia comodidad.
Una comodidad muy curiosa:
no tiene nada que ver con una casa bien ordenada,
        una comida apetitosa,
            un cariño luminoso.
La casa está por dentro tan sucia y desordenada,
        que nos ahogaríamos
            si yo no pusiera un poco de orden.
En cuanto al amor,
    ya se sabe.
Pero he comprendido
que para él la comodidad es
        que no se alteren sus costumbres.
Porque es tremendamente cobarde.
De comerciante también es así:
con todos esos pequeños negocios fraudulentos que hace,
pero le da miedo meterse en mayores.
Lo que le da miedo no es la posibilidad de bancarrota o sanción,
                (esto ni se le ocurre)
lo que le da miedo es hacer otra cosa.
Luego…
Ya vale, cariño,
¿estoy cotilleando contigo de mi hermano o qué?
Yo le quiero con todos sus defectos,
me pelearía con cualquiera que dijese esto que no fuese yo,
                hasta contigo…
Sin embargo,
yo aquí estoy muy a disgusto…

Querido marido,
si cortara mi relación con el mundo y viviera en la cima de una montaña,
                        sería incapaz, ¿verdad?
                        Seguro que no lo aguantaría.
No me abandona la obsesión de que salgas.
Sal,
    y estoy dispuesta a morir al cabo de una semana.

Esta carta se interrumpió aquí
                y esperó dos días.
Comprende en qué situación me encuentro,
el cansancio me enerva.
Un montón de medicinas,
        cosas malolientes.
Tengo que tomarlas,
las tomaré, si es que tú sales.

Esta vez hemos comprendido lo que valemos el uno para el otro.
Creo que ya no nos pelearemos más,
    ¿o crees que seguiremos haciéndolo?

Te necesito enormemente.
Si salieras en estos días qué gran favor me harías.

Ahora mismo ha llegado otra carta tuya,
me he sentado, la he leído y me he echado a llorar.
Ahora ya lloro.
Hace años había aprendido a sufrir sin llorar.
Ahora he vuelto a llorar.
¿Por qué? No lo sé.
Al verme llorar, Leyla también se ha echado a llorar.
En eso nos hemos puesto de acuerdo madre e hija:
                    lloramos juntas.



8

Me conozco tu historia de las quince liras:
    estás empeñado en enviarme el pago por coserte el abrigo.
Hazlo coser ya.
A mí no me falta dinero,
me lo gano cosiendo.
De Ankara han encargado cortinas bordadas,
                y colchas.
La señora Cemile y yo trabajamos juntas.
Yo bordo,
y ella dibuja grandes rosas, violetas y crisantemos en las cortinas.
Ganamos cuarenta o cincuenta liras al mes,
mitad para mí, mitad para ella.
Hasta he ahorrado un poco.
Si consigo cobrar lo que me deben casi me haré rica.
Tú déjalo ahora…
Dicen que Hitler los va a vencer a todos en seis semanas.
No lo tiene fácil.
El perro que mea…*
¿Acaso se vence la esperanza?
Que se lo pregunten a las esposas y a las madres de los presos.
Tal vez tropiecen, parece que se van a caer, pero no se dejan vencer.
Por ejemplo, yo, esposa de preso,
puedo sufrir horriblemente, incluso puedo desfallecer,
como estos días en que estoy empeorando
                y a galope tendido.
Pero no voy a dejarme vencer.
Luego piensa en la humanidad
        y en su esperanza.

* Conocido refrán: «El perro que mea en los muros de la mezquita, él mismo se busca la muerte». (N.T.)

9

Me has encomendado un montón de cosas
    para que me entere y luego te informe.
No haré ninguna.
No quiero enterarme de nada nuevo.
Entérate tú
    y no me informes.
En estos días tengo que vivir no con las noticias
                sino con la esperanza.

No tengo ganas de hacer nada.
Estoy nerviosa,
        angustiada.
Estoy esperando algo,
    pero no sé lo que es.
Tengo la sensación
de que ahora, ahora mismo, o casi,
    la puerta va a abrirse sola
        y ese algo irrumpirá de repente.
O si me levantara,
            de puntillas,
                    y entreabriera la cortina,
(aunque mi ventana esté en la segunda planta)
            veré sus manos en el cristal,
                    (si es que tiene manos).
O sea, a lo mejor no lo sé,
            pero estoy a punto de salir de viaje,
                me van a llamar a algún lugar.
Sobre la mesa solo hay un libro .
Tal vez ese algo esté debajo
(algo que pueda caber debajo del libro),
¿quién puede haberlo puesto ahí?
Si levantara el libro y mirara,
    desaparecería el enigma.
Pero no levanto el libro:
o porque mi mente detiene mi brazo
o para prolongar mi tormento.

Así es, cariño,
siempre digo «así es».
Es extraño, ¿verdad?

Te beso las manos.


10

Llevo dos días
leyendo un libro sin moverme, sentada en el suelo del jardín.
No tengo fuerzas ni para levantar un brazo.
El hijo del inquilino de la señora Cemile está tocando el violín.
El primer año que llegué acababa de empezar:
        do, re, mi, fa, sol,
            ahora Tchaikovski.
O sea, que en estos años ha hecho progresos.
¿Pero yo qué he hecho?
Mis años pasaron y siguen pasando vacíos como un mar sin peces.
¿Para qué vivo?
En el jardín se han abierto los crisantemos de vivos colores de mi madre.
Llevo dos días contemplándolos.
¿Contemplar los crisantemos,
leer una novela traducida por Ömer Rıza
        y escuchar el violín del vecino basta
                        para vivir?


11

Querido marido,
fijar los ojos en el techo
    y tumbarse boca arriba.
Suprimir todo lo posible los colores,
atenuar las voces todo lo posible.
Siento enormemente esa necesidad.
En un lugar tranquilo, una habitación blanca,
y una camita de madera,
o mejor, tumbada en una cama grande,
y tú sentado a mi cabecera velándome en silencio.
Un montón de cosas como estas,
        todas sobre el reposo.

Entre la lluvia y el barro,
    llevo tres días buscando a Kâzim de Kartal,
                pero ha debido de irse.
No he podido enviarte caballa salada seca:
                se ha acabado.
Es imposible vender aquí tu traje,
todo el mundo tiene cosas en venta,
y los ricos lo que compran no son «cosas»,
            sino edificios enteros.


12

Ay, cariño, cariño,
Cemile ha muerto.
Cuando expiró yo estaba a su lado,
            se fue.
Nunca se me pasó por la cabeza que moriría.
Igual que se para un coche, así se paró,
                y se acabó.
En las paredes quedaron los vinos, los azules celestes y los amarillos dorados.
Qué extraño,
no pude entender lo que dijo al expirar,
pero ahora lo he comprendido:
lo dejas todo
y te vas de repente a ningún sitio, a nada, para no volver.

Esta muerte me despabiló.
El abogado nos regaló unas longanizas,
        también te las envío,
            que aproveche.


13

Me he mudado a una habitación en casa de mi tío.
Tengo treinta y cinco años,
        ¿te ha sorprendido?
Cada cinco años, me hago un poco mayor.
Ya verás,
en mi cuarto nuevo tendré una vida nueva.
Ahora tengo que colocar de nuevo los muebles.
Cuántos muebles tenía.
¿Cómo cabían todos en un solo cuarto, cómo cabrán?

Me hice adicta a los libros,
todo el día lo paso leyendo.
Los libros son listos,
        los libros son tontos.
Los libros son adultos,
        los libros son niños.
Los libros son el viaje más lejano y más hermoso,
pero estériles,
    pero sin ti…


14

Son las doce y media.
Mi tío ha puesto la radio
    y está escuchando Inglaterra.
La ciudad de Rostof ha sido liberada.

Te acuerdas,
Leylâ tuvo difteria cuando tenía siete meses.
Llevábamos retraso.
«Hay que operar enseguida», dijo el médico.
Mi niña estaba acostada con la boca abierta como un pez sin agua.
De su menuda garganta brotaban enormes sollozos.
Tenía los brazos quietos
    y solo movía sus piernecitas regordetas.
¿Te acuerdas, papá?
¿Te acuerdas de los instrumentos del médico?
Eso que brillaba era el bisturí, ¿verdad?
¿Qué cantidad de gasas y algodones?
¿Por qué me echaste fuera?
Y yo cómo pude resignarme, ¿cómo?
Esperé delante de la puerta
        comiéndome las uñas,
            (y es algo que no suelo hacer).
De repente abriste la puerta,
        tenías los ojos húmedos.
El médico apoyó su mano en mi hombro:
«Todo ha ido bien, hermana», dijo.
Y solo la sexta noche
    (Leyla dormía tranquilamente
        y respiraba como un pequeño mundo),
    el médico, mirándome a los ojos,
        con aire feliz y una pizca de orgullo, me dijo:
«Bueno, hermana, hemos salvado a la chica»,
de repente sentí una alegría tremenda, luego una extraña tristeza.
Porque,
date cuenta:
lo que era más mío, nacido de mí,
se había salvado sin la menor ayuda por mi parte.
Mi niña
    había vuelto de nuevo al mundo sin mí,
                fuera de mí.
¿Qué te parece?
¿Qué razón puede haber
    para que ahora yo lo recuerde de repente?


15

Quiero oír tus pasos dentro de mi casa,
quiero oírte llamar a la puerta
            para abrirte con mis propias manos.
Pero, por favor, quítate los zapatos en el rellano si están llenos de barro,
            tus zapatillas te estarán esperando.

Quiero cocinar con mis propias manos para ti,
        con mis propias manos poner nuestra mesa.
Pero
los platos los vamos a lavar juntos como antes.

Quiero leer los mismos libros que tú,
(claro que tendrás que seguir explicándome las cosas que no entienda).
Quiero lavarte la ropa con mis propias manos
    y remendarla.
Y quiero quitar el polvo de tu escritorio con mis propias manos,
(tratando de no alterar su completo desorden).
Pero tú ya
    no olvidarás sobre el cojín tu pipa encendida
            y tampoco dejarás caer al suelo la ceniza.

Quiero trabajar a tu lado donde tú trabajes,
y luchar a tu lado donde tú luches
(no para independizarme económicamente
    ni para librarme de la esclavitud de las tareas del hogar),
        sino para no separarme de ti ni un instante.

Y por último,
mi derecho más irrenunciable,
quiero dormir en la misma almohada que tú
            y parir hijos para ti
                por lo menos otros dos…


Halil plegó las cartas de Ayşe y las colocó en su sitio.
Se tendió en la cama boca arriba.
Las cuatro paredes de piedra,
los hierros desnudos en la ventana,
el frío hormigón.
Desde hace años:
hormigón, piedra y hierro.
Siente añoranza de un tejido suave,
        una habitación cálida toda de madera
y también de una almohada con encajes.
Halil se ocultó detrás de sus gafas.
Afuera, la noche; afuera, grandes copos de nieve caen sobre la ciudad.

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