viernes, 16 de enero de 2009

EN LA ESTELA DE NÂZIM HIKMET






Para Nâzim, el mundo hispánico tuvo dos polos de atracción: la guerra civil española y la revolución cubana. Como tantos otros artistas y escritores de la época, el poeta se identificó con la causa de la República durante la guerra civil española. De entonces data su largo poema titulado «Viaje a Barcelona en el barco del desafortunado Yusuf», cuya última parte «Nieva de noche», escrita el 25 de diciembre de 1937, evoca la defensa del Madrid republicano.

Cuando, en 1950, tras purgar una pena de más de 13 años de prisión ininterrumpida en las cárceles de su país, el poeta consigue su libertad y, poco después, parte clandestinamente al exilio, conoce a otros poetas, comunistas como él, que también habían mostrado su solidaridad con la República española y ahora participan activamente en el Movimiento por la Paz, auspiciado por la Unión Soviética en aquellos años de guerra fría, pero en el que colaboraban de buen grado numerosos intelectuales y artistas, desde los esposos Curie hasta Pablo Picasso pasando por Louis Aragon, Sartre, Diego Rivera, Arnold Zweig...

Nicolás Guillén, nacido el mismo año que Hikmet, dedicó varios artículos al poeta: en el periódico Hoy, uno con ocasión de cumplir este 62 años (su frágil salud hacía que sus cumpleaños adquirieran una relevancia especial), y otro con motivo de su muerte al año siguiente. En Páginas vueltas, las memorias que Guillén escribió al final de su vida, dedica un afectuoso recuerdo a su «hermano» turco:

La primera vez que yo fui a la Unión Soviética, entre las muchas personas a quienes conocí, me hizo una muy agradable impresión el poeta Nâzim Hikmet, hoy fallecido. Era un hombre alto, rubio, aguileño, de ojos azules, muy simpático. Se expresaba en ruso y francés con la mayor seguridad, y mantenía un tono risueño y jovial en la conversación. Todo el mundo lo llamaba Nâzim a secas, y de todo el mundo era querido y admirado. Cuando el II Congreso de escritores afroasiáticos, él y yo coincidimos en El Cairo, donde él representaba a su país, o mejor dicho, a su pueblo.
Una noche, la noche en que Nasser ofreció a las delegaciones un portentoso agasajo en el Palacio Imperial, me encontré a Nâzim, que iba acompañado de su esposa, una mujer muy bella y joven. Yo lo bromeé con este hecho, dirigiéndome a la dama y diciéndole con fingida ingenuidad: «Veo que su papá goza de muy buena salud». Ella rió de buena gana, y él también, claro, pero no sin decir: «Este hombre es un bandido, un negro pirata de las Antillas».
Nos veíamos con frecuencia, sobre todo cada vez que yo iba a Moscú. Las anécdotas en relación con él me vienen a la mente. Una tarde llegué yo a su casa, o mejor dicho, a su departamento de soltero, pues aún no se había casado entonces, y lo vi muy atareado haciendo una maleta, sin duda en vísperas de viaje. De repente me dijo: «Mira, tengo esto para ti», y me mostró un pedazo de papel verde. «A mí no me sirve para nada, a ti seguramente pienso que te vendrá muy bien», añadió. Era un billete de cien dólares. Claro que él sabía que «este papel» era convertible en rublos, pero pienso que hizo eso para que yo no careciera de algún dinero en un país extraño.
¡Pobre Nâzim! Él estuvo en Cuba por los años sesenta y se le dio un homenaje muy simpático y numeroso en la UNEAC. Sin embargo, me dijo que no podía soportar nuestro clima, el cual le ocasionaba muy riesgosos trastornos cardiacos.

Su breve estancia en Cuba (hubo de acortarla, pues su corazón se acomodaba mal con el clima de la isla) no pasó desapercibida: participó en multitudinarios encuentros en la UNEAC, lo entrevistaron en televisión, y el periódico Revolución le dedicó un amplio artículo-entrevista en el que el periodista trata siempre de ir más lejos que Nâzim en su idílica visión de la revolución castrista y en cuyas fotografías se distingue a un hombre sudoroso y cansado, como él mismo reconocía, pero que no quiso morir sin conocer la revolución cubana, a la que quería dedicar «un poema-reportaje».

Pero quien más escribió sobre Hikmet fue Pablo Neruda. Ya lo hizo an
tes incluso de conocerlo personalmente, cuando, pocos meses después de salir de la cárcel, el gobierno turco impidió su asistencia a la ceremonia de entrega de los premios mundiales de la paz, en noviembre de 1950 en Varsovia:

Quiero rendir un homenaje a mi hermano en poesía Nâzim Hikmet. Ojalá hubiera estado con nosotros. Su poesía ha sido para todos un gran manantial hecho de noble agua que canta y de acero que corre hacia el combate. Su largo cautiverio nos hizo agigantar su palabra hasta hacerla una voz universal. Mi obra de poeta se enorgullece de estar junto a su poesía en esta alta hora de lucha por la paz.

El propio Neruda fue uno de los galardonados. Cuatro años después, en una conferencia que dictó en la Universidad de Santiago de Chile, hizo una entusiasta semblanza del poeta, que se iniciaba con estas palabras:

Entre mis nuevos amigos de allá lejos quiero hablarles del poeta turco Nâzim Hikmet. Nunca verán ustedes este nombre en las extrañas revistas culturales que aquí leemos. Sin embargo, es el primer poeta, el poeta nacional de su patria, Turquía. Yo lo considero como uno de los más grandes poetas vivos.

En un artículo de la revista Viajes, publicado en 1955, Neruda relata la odisea carcelaria del poeta:

A Nâzim lo acusaron de querer sublevar a la marina de su país, y lo condenaron a todas las penas del infierno. Lo juzgaron en un barco de guerra. Me contaba cómo lo hicieron andar alrededor del barco, hasta fatigarlo, y luego lo metieron en el sitio de los excusados, en que las letrinas y los excrementos se levantaban medio metro sobre el piso. Entonces mi hermano, el poeta, se sintió desfallecer, la pestilencia lo hacía tambalear. Pero pensó: los verdugos me están observando desde algún punto, quieren verme caer, quieren contemplarme desdichado. Y entonces sus fuerzas resurgieron, encendió un cigarrillo y comenzó a cantar, en voz baja primero, en voz alta después y luego con toda la garganta. Y así cantó todas las canciones, todos los versos de amor que recordaba, y todos sus poemas y todas las canciones de los campesinos y de las luchas de su pueblo. Cantó todo lo que sabía. Y así triunfó de la pestilencia y del martirio6.
Ese mismo año, en la revista Aurora, refiere, con su habitual tono elegíaco, otra circunstancia dramática de la vida del poeta, el imposible reencuentro con su mujer y su hijo durante los primeros años de su exilio en Moscú:
Encontré a Nâzim Hikmet siempre resuelto y vibrante, una intensa preocupación velaba sus ojos claros. Desde hace años, en el exilio, escapado de las prisiones de Turquía, acogido por el amor y la admiración de la cultura soviética, devora al gran poeta una inquietud terrible. Después de quince años de presidio en las inhumanas prisiones turcas vivió el idilio enhebrado desde la cárcel, alcanzó a casarse y a ver nacer a su hijo antes de escapar milagrosamente de los verdugos que lo buscaban de nuevo, esta vez para sentenciarlo a muerte. Pero a su mujer y a su hijo no los dejan salir de Turquía. Se han hecho muchas gestiones, pero hasta ahora todo ha sido en vano. Hace poco supo la última noticia. Su propia mujer había ido a pedir su salida al ministro del Interior y éste le había respondido en esta forma: «No saldrás de Turquía, ni tu hijo tampoco. Queremos que él sufra y muera de no estar con ustedes. Tú lo seguirás a la tumba poco después y este niño quedará en nuestras manos para que lo enseñemos a odiar a su padre».

En su poemario Las uvas y el viento le dedicó un largo poema: «Memorial de estos años. Aquí llega Nâzim Hikmet»; y en 1963, tras la muerte de Hikmet, se referirá en varias ocasiones, con emoción, a su amigo y camarada recién desaparecido, como en el discurso que hizo el 29 de septiembre de 1973 en el parque Bustamante de Santiago de Chile, pero quizá su texto más emotivo sea el poema «Corona de invierno para Nazim Hikmet», publicado al conocer su muerte:

Por qué te has muerto, Nâzim? Y ahora qué haremos sin tus cantos? Dónde encontraremos la fuente? Dónde estará tu gran sonrisa, esperándonos?
Qué vamos a hacer sin tu postura, sin tu ternura inflexible?
Dónde
encontrar otros ojos que como los tuyos contengan el fuego y el agua
de la verdad que exige, de la congoja que llora y de la alegría valiente?
Hermano, me enseñaste tantas cosas que si las deshojara
en el amargo viento del mar, a manos llenas,
tal vez se irían y caerían como la nieve allá lejos,
en la tierra que escogiste en la vida, que ahora te acoge
también en la muerte.
Un ramo de crisantemos del invierno de Chile,
la luna fría del mes de junio de los Mares del Sur
y algo más: el combate de los pueblos, del mío,
y el redoble apagado de un tambor de luto en tu patria.
Hermano mío, soldado, qué sola es la tierra
para mí desde ahora
sin tu rostro que florecía como un cerezo
de oro,
sin tu amistad que fue pan de mi boca,
agua de mi sed, fuerza para mi sangre!
De tus prisiones que fueron como pozos sombríos,
pozos de la crueldad, del error y del dolor
te vi llegar y aceché en tus manos la huella
del castigo, en tus ojos busqué la espina del odio,
pero lo que traías era tu corazón radiante,
tu corazón herido sólo traía luz.
Y ahora?, me pregunto. Déjame ver, pensar,
imaginar el mundo sin la flor que le dabas.
Imaginar la lucha sin que tú me demuestres
la claridad del pueblo y el honor del poeta.
Gracias por lo que fuiste y por el fuego
que tu canción dejó para siempre encendido.


En España, son varios los poetas que se declaran deudores o próximos a la poesía de Nâzim Hikmet.

Quien con más constancia la ha reivindicado ha sido, sin duda, Antonio Gamoneda, que desde muy pronto se interesó por la poesía de Nâzim Hikmet, un poeta con el que compartía inquietudes sociales, políticas y estéticas, y cuya propia vida —sus largos años de privaciones en las cárceles de su país— lo acercaba a ese dolorido mundo de la posguerra que Gamoneda había conocido durante su infancia de niño pobre en los arrabales de León.

Hay un libro clave en la producción de Gamoneda donde la influencia del poeta turco es patente. Se trata de Blues castellano —escrito entre los años 1961 y 1966, pero, prohibidos por la censura muchos de sus poemas, no fue publicado en su totalidad hasta 1982—, que el propio autor reconoce deudor de dos influencias clave: la del poeta Nâzim Hikmet y del blues negroamericano: «Yo escribí (traduje, ya diré cómo) spirituals en castellano, y yo puse en mi lengua (también diré cómo) a Nâzim Hikmet. Sin este trabajo, creo que no habría existido mi blues».

Del interés de Gamoneda por la poesía de Nâzim Hikmet son buena prueba los poemas que de él tradujo por aquellos años en la revista Claraboya, reivindicados por su traductor/escritor en numerosas ocasiones, no solo en los artículos que sobre su propia poética reunió en El cuerpo de los símbolos, donde vuelve a insistir en que «Blues castellano tiene unos padres... Yo hice este libro dominado por dos fuerzas poéticas... el poeta turco Nazim Hikmet y las letras de los cantos negroamericanos», sino en la reciente edición de su poesía reunida, donde con el sugestivo título de «Mudanzas» recoge de nuevo estos poemas, con los blues y otros de Mallarmé, Plinio, Dioscórides, Trakl...

Las «mudanzas» de Gamoneda de los poemas de Hikmet están hechas a partir de la primera antología en francés que en Europa se conoció del poeta turco, obra de Hasan Gureh, publicada en Francia en 1951, apenas un año después de su liberación. Los poemas elegidos son «Domingo», de 1938; «El gigante de los ojos azules», de 1933; tres «Rubáiyátas», de 1945; «Don Quijote», de 1947; y «Angina de pecho», escrito en abril de 1948 tras sufrir el poeta uno de sus primeros infartos. Lo que la poesía de Hikmet proporcionó a Gamoneda fue, en palabras de éste, «la certificación de que la poesía no es social ni poesía si no se hace en un lenguaje de la especie poética» y no lecciones «en materia de ideología o de conducta ciudadana».

Y añade: "si la expresión del sufrimiento no produjese placer, yo habría respetado mucho a Nâzim, pero no habría gastado mi tiempo tratando de sentirle en mi lengua".

La relación entre la poesía de Nâzim Hikmet y Blas de Otero fue puesta de manifiesto por Víctor García de la Concha, quien en su estudio sobre La poesía
española de 1935 a 1975 escribe:

Como poeta, Blas de Otero se siente simple «eslabón de una cadena» que, reléase el soneto «Ayer mañana», va desde el cancionero popular «la primera palabra está escondida/ en la boca del pueblo...» a Nâzim Hikmet, pasando por Fray Luis, Quevedo, Rosalía, Machado, Vallejo...

Blas de Otero —además de citar a Hikmet en el poema inédito, dedicado al poeta búlgaro Nicolai Vaptzarov, que publicó en el número de la navidad de 1960 en Papeles de Son Armadans, en cuyos últimos versos reúne «todos los nombres que llevé en las manos/ (César, Nâzim, Antonio, Vladimiro,/ Paul, Gabriel, Pablo, Nicolás, Miguel)— dedicó al poeta turco sus «Cartas y poemas a Nâzim Hikmet», incluido en su poemario En castellano, prohibido por la censura. Cuando más de diez años después intentó burlar a los censores con la publicación de su antología Expresión y reunión, estos volvieron a suprimir el poema dedicado a Nâzim Hikmet:

CARTAS Y POEMAS A NÂZIM HIKMET

Puesto que tú me has conmovido,
en este tiempo en que es tan difícil la ternura,
y tu palabra se abre como la puerta de tu celda
frente al Mármara,
rasgo el papel y, de hermano a hermano, hablo contigo
(acaban de sonar)
las nueve de la noche)
de cosas que no existen: Dios
está escuchando detrás de la puerta
de tu celda,
cedida por amor al hombre: Nâzim Hikmet,
quédate con nosotros.

Que tu palabra entre entre las rejas de esta vieja cárcel
alzada sobre el Cantábrico,
que golpee en España
como una espada en el campo de Dumlupinar,
que los ríos la rueden hacia Levante y por Andalucía se
extienda
como un mantel de tela pobre y cálida,
sobre la mesa de la miseria madre.

Te ruego te quedes con nosotros,
es todo lo que podemos ofrecerte: diecinueve años
perdidos,
peor que perdidos, gastados,
más que gastados, rotos
dentro del alma:
ten
misericordia de mi espuria España.

Nunca oíste mi nombre ni lo has de oír, acaso,
estamos separados por mares, por montañas, por mi
maldito encierro,
voluntario a fuerza de amor,
soy sólo poeta, pero en serio,
sufrí como cualquiera, menos
que muchos que no escriben porque no saben, otros
que no hablan porque no pueden, muertos
de miedo o de hambre
(aquí decimos A falta de pan, buenas son tortas, se cumplió)

pero habla, escribe tú, Nâzim Hikmet,
cuenta por ahí lo que te he dicho, háblanos
del viento del Este y la verdad del día,
aquí entre sombras te suplico, escúchanos.


El año 1961, amigos comunes prepararon una cita entre Nâzim Hikmet y Blas de Otero, que debían encontrarse frente a las puertas de St. Germain des Près, en París. Sin embargo, aquella mañana, Otero, que se encontraba bajo los efectos de una de sus depresiones, no acudió y envió a Tachia a disculparle ante el poeta turco.

Ese mismo año, el Consejo Mundial de la Paz, presidido por Nâzim Hikmet, concedió la medalla de oro de la Paz a los presos políticos españoles. No es de extrañar, por tanto, que dos poetas como Hikmet y Marcos Ana, de experiencia vital tan próxima se conocieran —el poeta turco había salido de la cárcel diez años antes tras una huelga de hambre que había puesto en peligro su vida y consumir en prisión trece años de su vida, y el poeta español conocía la libertad veintitrés años después de haber sido encarcelado y condenado a muerte al concluir la guerra civil, cuando apenas contaba con diecinueve años—. En junio de 1973, con ocasión del décimo aniversario de la muerte de Nâzim Hikmet, tuvo lugar en París un coloquio al que fue invitado Marcos Ana. De su intervención entresacamos las siguientes palabras:

Si el hecho de haber pasado 23 años en una prisión me diera cierta autoridad ante ustedes, aunque sea una autoridad un tanto triste, querría utilizarla hoy aquí para ofrecer el homenaje de los poetas españoles, de los poetas demócratas revolucionarios españoles, a la vida y a la memoria de Nâzim Hikmet. En la cárcel, yo no conocía a Nâzim, pero en 1961 se desencadenó en Europa una campaña por mi libertad, y un día recibí una carta que venía de la Unión Soviética firmada por diferentes poetas entre los que se encontraba la firma del poeta Nâzim Hikmet. Fue entonces cuando comencé a conocerlo; era muy difícil encontrar sus poemas traducidos al castellano; los leímos en la clandestinidad, en la cárcel; después, en 1962, cuando salí de la cárcel, me invitaron al Congreso Mundial de la Paz, en Moscú, y allí tuve ocasión de conocer y abrazar a Nâzim Hikmet. Me parece que hay en nuestras vidas muchas cosas que son parecidas. Una fraternidad terrible y hermosa a la vez.

En su emotivo libro de memorias Decidme cómo es un árbol, Marcos Ana relata así su encuentro con Hikmet:

En aquél, mi primer viaje a la Unión Soviética, en 1962, me resultó especialmente entrañable conocer al poeta Nâzim Hikmet, un año antes de su dura muerte. Fue un encuentro de los que recordaré siempre, por la densidad humana de su vida y de su obra. La bondad de sus ojos azules y su frente pensativa hablaban en silencio de las cárceles turcas en las que había pasado muchos años encarcelado.
Un gran poeta popular, de versos entrañables, una voz cálida y profunda para la paz, para el amor, para «la inmensa humanidad», un término que le gustaba utilizar con la mayor ternura.
Nos unieron enseguida historias semejantes, palabras conocidas, palabras de hambre, de piedra y de hierro, de dolor y esperanza e intercambiamos los mismos sueños urdidos en las prisiones de Turquía y España.
No conocía aún su noble y grandiosa poesía, después apresé entre mis manos, como agarraría el pan la avaricia de un hambriento, un ejemplar de su libro Duro oficio el exilio, traducido por el escritor argentino Alfredo Varela. Me invadió su poesía, abrió en mí un camino muy hondo. Lo tengo, con otros libros amados, en la mesilla de mi alcoba y me sigue desvelando muchas noches y no pocas madrugadas, porque sus versos están muy cerca de mi corazón y del corazón del mundo.

Y el libro concluye con esta cita de Hikmet:

Has de saber morir por los hombres,/ y además por hombres que quizá nunca viste,/ y además sin que nadie te obligue a hacerlo,/ y además sabiendo que la cosa más real y bella es vivir.

En vasco, el poeta y filólogo Gabriel Aresti publicó en la editorial Lur, con la que luego rompió, traducciones de Castelao, Bertold Brecht, Blas de Otero y Nâzim Hikmet.

En catalán, Pere Gimferrer ha destacado los evidentes puntos de contacto existentes entre la poesía de dos «proletarios rebeldes», el catalán Joan Brossa y el turco Nâzim Hikmet: «...unas similitudes curiosas con Brossa: habla cotidiana, muy pocas imágenes y basándose en los giros y la fuerza de los elementos cotidianos darlos a convertirse en elementos de poesía».

Un verso y el nombre de Nâzim Hikmet aparecen en exergo en el poema de Brossa «Sobre la vida», incluido en su poemario La porta, de 1954.


No solo los poetas se interesaron por la obra y la persona de Hikmet. José Caballero —figura mayor de las vanguardias del siglo pasado—, que colaboró con García Lorca en La Barraca, fue amigo de Neruda, Alberti y Bergamín, y realizó las portadas de algunos de los libros de Gerardo Diego, Luis Rosales y Leopoldo Panero, tiene un cuadro de 1970 titulado «La larga noche de Nâzim Hikmet». Y Alberto, otra figura importante de nuestras vanguardias de la Edad de Plata, fue amigo de Hikmet durante el exilio de ambos en Moscú, como atestigua una de las fotos que cierran este posfacio.

Cabe decir, en conclusión, que la recepción de la obra de Nâzim Hikmet en España fue relativamente tardía y no es casual que fuera conocido a través de sus traducciones al francés, como hemos visto en los casos de Gamoneda, Otero y Marcos Ana. No obstante, se benefició de la presencia en nuestro país de Solimán Salom, un ciudadano turco de origen sefardí afincado en Madrid a quien se debe la primera antología de poetas turcos contemporáneos publicada en español durante la excelente primera etapa de la colección Adonais de poesía, pero también la primera biografía rigurosa publicada en el mundo sobre Hikmet y una interesante antología de poemas que ha conocido varias reediciones y fue la que, verdaderamente, dio a conocer al poeta en España, junto a las que ya circulaban en la América hispana desde dos décadas antes, a raíz de las primeras traducciones al francés, en particular Duro oficio el exilio, publicada en 1959 por la editorial bonaerense Lautaro, reeditada en 1975 por el Instituto Cubano del Libro y en 1976 y 2002 por Batlló en Barcelona. Previamente, en Buenos Aires había aparecido una breve antología; en 1961, con ocasión de la visita de Hikmet a La Habana, la librería La Tertulia había publicado La miel de la esperanza y otros poemas precedidos de un mensaje a los poetas, y en 1964 Ariadna había editado, también en Buenos Aires, Leyenda de amor, pieza en tres actos y cinco cuadros. Como puede apreciarse, la poesía de Nâzim Hikmet recibió inicialmente una más amplia acogida en América. Mientras en España la dictadura hacía imposible, como en su propio país, que se publicara su poesía, en América los vientos revolucionarios que soplaron al calor de la Revolución cubana y los breves paréntesis de libertad que se produjeron permitieron una más amplia difusión de su obra durante la segunda mitad del siglo pasado.

Fernando García Burillo

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